jueves, 19 de septiembre de 2013

TODO

Me decidí por entregar mis posesiones a la nada,
ella sabía que no tenía prisa y astútamente me dejó a mi aire,
entregué los cuadros del pasillo, el viejo mueble del salón,
el instrumental de la cocina, los espejos, etc.…
Mi habitación totalmente a oscuras,
como un recuerdo pasajero,
quedó todo vacío y abocado al fracaso,
hasta me vi obligado a entregar la puerta de entrada.
Falto de todas mis posesiones,
tuve que reconducir mi situación.
La nada estaba ahí,
siempre lo había estado y no solo para mi persona,
no debía despistarme, al fin algo de respeto,
no tenía por qué volverme loco.
Ahora mi habitación era el portal que yo decidiese en cada momento,
mi cama, el espacio de suelo donde menos estorbase,
un delicado desayuno, bollería tirada a la basura de mi antiguo amigo el panadero.
Para ir al baño lo mejor era esperar a la noche, nadie se fijaba en ti,
en definitiva ahora los espacios comunes eran también para mi uso,
cosa que hasta entonces no había experimentado.
Sencillamente fue tentador, me enamoré de la depresión,
la felicidad callejera surgía por sí sola,
nada me importaba, nada me limitaba,
solo yo y la nada, la nada y la depresión,
la depresión y yo.